Poetas del siglo XXI (II) – JFDB

Antes de nada, quiero destacar que he incluido una nueva página accesible desde el menú de cabecera. En ‘¿Quién escribe?’ he intentado ofrecer un poco de información personal sobre mí, esencialmente de cara a nuevas visitas, a aquellos que no me conozcan =)

Hoy, como ya adelanté, traigo la primera Entrevista con sal. El afortunado —o pobre mortal que le ha tocado sufrirme- es Juan Francisco Dávila Blázquez, licenciado en Economía por la Universidad del Pacífico, doctorando en Ciencias de la Gestión por ESADE y amante de la literatura. Sus versos se han publicado en la antología ‘Amor. Poesía amorosa contemporánea’, de la Editorial Cuadernos del Laberinto (Madrid, 2014). En esta ocasión, la entrevista ha sido muy libre y he decidido que dé rienda suelta a su imaginación proponiéndole un tema: continuar con la entrada “Poetas del siglo XXI” y comentar algo sobre una canción que me encanta. Os dejo con él. Espero que os guste =)

 

Para un observador reflexivo, las canciones modernas parecen haber reemplazado a las poesías de antes. Donde ayer se recitaba la Canción del Pirata, el Margarita está linda la mar, o los versos del Tenorio de Zorrilla, hoy nos conformamos con los versos de las canciones de Sabina, de Mecano o de la Oreja de Van Gogh. Es fácil llegar a conclusiones simples. Las canciones de hoy duran solo dos o tres minutos, el tiempo que toma declamar una poesía no muy corta. La melodía permite que las letras sean más fáciles de recordar. Y la proliferación de medios reproductores, desde los tocadiscos de los años setenta a los iPods, han hecho que cualquiera pueda escuchar una canción tantas veces como desee.

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Sin embargo, hay que hacer una precisión. Las poesías declamadas y las canciones ya coexistían durante mucho tiempo. A principios del siglo XX Rubén Darío publicaba su Cantos de Vida y Esperanza, Juan Ramón Jiménez empezaba su carrera literaria… y los gramófonos se vendían desde fines del siglo anterior. Canciones infantiles como Mambrú se fue a la guerra se cantaban desde el siglo XVIII. De modo que no se puede hablar de un reemplazo. Sí, de un declive de la poesía y un auge, al mismo tiempo, de las canciones con letra.

¿Y por qué se produce este auge de las canciones? Curiosamente, coincide con una tendencia de la poesía durante el siglo XX: el abandono de la métrica y de la rima. Durante siglos la poesía se usó para contar las historias, desde los poemas homéricos hasta el Cantar del Mío Cid. En sociedades de gente iletrada y con escasos libros, las rimas permitían memorizar fácilmente y transmitir más fielmente los contenidos. Con la invención de la imprenta, la rima ya no fue necesaria para conservar la historia, pero el verso se siguió usando para crear belleza, en poemas y en obras teatrales.

Pero a partir del siglo XX, muchos poetas renuncian a la métrica y la rima. Si uno lee hoy un libro de poesía española contemporánea, o los ganadores de un concurso como los Premios del Tren, verá que la mayoría de los poemas prescinden de la métrica y de la rima –algunos conservan solo la métrica– y optan por el verso libre. Robert Frost decía que escribir versos libres es como jugar al tenis con la red en el suelo. Adiós al esfuerzo para buscar rimas, para constreñir el mensaje a una forma dada. Cada poeta tiene sus motivos para elegir el verso libre. Que permite huir del sonsonete. Que da más libertad en la expresión de los conceptos. O simplemente, que la mayoría de los jurados y los críticos de hoy desprecian la rima, y hay que complacerlos para labrar una carrera literaria.

Pero al prescindir de la rima, la poesía contemporánea se ha alejado del gran público. Porque lo que hacía atractiva a la poesía era, precisamente, la musicalidad, el ritmo, la sensación de belleza que producían las palabras rimadas. Lo que permitía que la gente recordara las composiciones poéticas era esa misma rima. Así, nuestras abuelas memorizaban y repetían con deleite las rimas asonantes de Bécquer y los tetrasílabos de Espronceda. Intente alguien memorizar y repetir con deleite alguna poesía contemporánea de cierta extensión, y verá que es imposible.

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Y así, la métrica y la rima se han refugiado en las canciones. Ahí la métrica es fundamental, pues la melodía exige un número dado de sílabas, y compositores como Sabina saben que la rima permite que la canción suene mejor y sea más fácil de recordar –quizás porque los compositores, a diferencia de los poetas, lidian directamente con el mercado y sus exigencias–. Y la gente encuentra ahora la belleza en las canciones, que a la poesía de las letras añade la armonía de la música.

Sabina, por ejemplo, en El rocanrol de los idiotas, usa versos endecasílabos agudos –con acento en la última sílaba– alternados con hexasílabos, figuras literarias como la metáfora (porque quiso el cielo / bautizar el suelo), contraposiciones algo barrocas (yo no jugaba para no perder / tú hacías trampas para no ganar) y rimas internas (y tus marchitos zapatitos de tacón / y mi futuro con pan duro), es decir, rimas entre palabras de un mismo verso, que aumentan la musicalidad, un recurso que usó por ejemplo Edgar Allan Poe en su poema en inglés El Cuervo. Es interesante imaginar, por un momento, qué hubiera pasado si Joaquín Sabina solo se hubiera dedicado a escribir versos y no a componer canciones, si habría alcanzado la fama que tiene ahora, y si los jurados de los concursos literarios habrían juzgado favorablemente sus composiciones.

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