¿Difícil? No, solo injusto

No es lo mismo. Y tendemos a confundirlo. A menudo nos vemos inmersos en situaciones que tendemos a considerar difíciles. Y no siempre es así. A veces simplemente no es justo lo que está pasando.

Pocos días después de haber terminado los últimos exámenes finales del cuatrimestre de otoño, es inevitable que en cualquier conversación acabe saliendo ese tema. Los exámenes. Sea cual sea, nunca falta quien lo ha encontrado difícil. Es típico. Tan típico como lógico. Es extraordinariamente improbable que no haya habido nadie que se haya atascado en alguna pregunta o que no le haya dado tiempo a estudiarse el tema que han acabado preguntando. Y no pasa nada. Sin embargo, en ocasiones, esa sensación de dificultad es colectiva. Más colectiva. Cabría entonces preguntarse si en realidad no ha sido un examen difícil sino injusto. Ya os digo yo que un final de toda una asignatura que consista en 15 preguntas tipo test de respuesta cuádruple donde siempre existe la opción “todas son correctas” no es difícil. Es injusto. Y mucho. Más injusto aún si la esperanza matemática es negativa, es decir, si en lugar de quitarte una buena por cada tres fallos —cosa que sería justa- te quitan media correcta por cada error.

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Y los exámenes no tienen por qué ser injustos solamente en cuanto a la forma de “puntuar”. También pueden serlo con su contenido. No me parece legítimo que se conviertan en pruebas de fuego donde hay que, de alguna manera, “inventarse” la respuesta. Veamos un ejemplo. Supongamos un examen de química. Nos pregunta qué reactivo hemos de hacer reaccionar con B para dar C. La respuesta es A. Este es un compuesto prácticamente inerte que no suele participar en este tipo de reacciones, por lo cual ni nos planteamos esa solución, aunque bajo ciertas condiciones muy especiales y en presencia de determinados catalizadores A reacciona con B para dar C. A lo largo del curso nos quedó bien claro que A es inerte y solo podríamos dar con la respuesta correcta mediante evidencias experimentales. No hay forma de deducirlo. Entonces, ¿estamos ante una pregunta difícil? ¿O simplemente injusta?

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Al igual que en los exámenes, también podemos relacionar equivocadamente estos dos conceptos en otras áreas, como los videojuegos. Esta idea la saqué de YouTube —canal de Leyendas & Videojuegos-. El éxito de un videojuego radica, en parte, en su nivel de dificultad. Si es demasiado fácil, nos aburriremos. Si es demasiado “difícil”, nos frustraremos. Y muchas veces los programadores tratan de incrementar esta dificultad con planteamientos que lo único que consiguen es hacer un juego injusto: te obligan a matar bichos —farmear, en lenguaje gamer– durante horas para subir de nivel, llegas con mucho esfuerzo y tiempo invertido a lugares donde cualquier cosa te mata y te toca volver a empezar desde el principio, etc.

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Está claro que el azar —la suerte- es un componente fundamental del éxito —aunque quién sabe si el futuro no es caótico sino completamente determinista y tan solo no hemos encontrado ecuaciones que lo modelicen-. Y puede que en alguna ocasión no hayamos sabido superar satisfactoriamente una situación difícil. No necesariamente significa esto que no hayamos estado a la altura. No tiene por qué deprimirnos. Simplemente tal vez solo ha sido injusto y no difícil. Puede que lo mereciéramos. Aunque cuidado con esto: el decir que fue injusto es un consuelo, en ningún caso una excusa.

Para acabar, retomando lo de los exámenes, ya que es una escena bastante común, existe un gran problema. Cuántas veces habremos escuchado a la enorme mayoría excusándose con que “era muy difícil” o “ha ido a pillar”. Pensad que también está la posibilidad de que haya sido injusto. Y si decidimos justificarla y acogernos a ella, es nuestro deber defenderla hasta el final. ¿Por qué nadie se queja? ¿Por qué todos vamos de liberales y de justos y luego ni siquiera somos capaces de luchar por lo que nos pertenece? ¿Por qué hablamos de las injusticias en el mundo como si la vida nos fuera en ello y después no somos capaces ni de combatirlas a nivel personal? Nunca lo entenderé…

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Esto último viene a raíz de una experiencia personal. En la intranet de la universidad me aparecía una nota final inferior a la que yo calculaba haciendo la media del curso —casi medio punto menos- y fui a preguntarle al profesor. Tras discutirlo, resultó que se había equivocado en la hoja de cálculo al coger una columna para hacer las operaciones. Al corregirlo, a todos nos subió la nota. NADIE más se había quejado. Cuando se lo comenté a los compañeros, obviamente, se alegraron. “Ya decía yo que no me salían las cuentas…” Y con esa actitud, normal que no te salgan =)

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Historias de ciencias y de letras

Hoy tenemos tres curiosas historias que narrar. Porque al fin y al cabo, cuando algo termina, tal y como decía Pasqual Alapont en Fi de culs a Mallolca, lo más importante es tener una historia que contar.

En primer lugar tenemos al amoníaco. NH3. Esta sustancia fue descubierta a principios de siglo XX por el alemán Fritz Haber –el del ciclo de Born-Haber-, suponiendo una verdadera revolución, ya que permitía sintetizar abono para cultivos. Este hecho facilitó la independencia agrícola de Alemania durante la Primera Guerra Mundial, cuando los aliados bloquearon el suministro de nitratos orgánicos. Pero pronto se descubrió que el amoníaco no solo era útil para aumentar la población alemana sino también para disminuir la enemiga. Apareció entonces el trinitrotolueno, TNT, con el amoníaco como uno de los reactivos necesarios para su formación.

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La historia de Haber puede parecerse a la de Einstein, ya que sus avances en física nuclear fueron empleados para producir bombas atómicas aunque el señor UnaPiedra se arrepintiera de ello. Sin embargo, Fritz Haber nunca se arrepintió de sus progresos e incluso impulsó la guerra química con sustancias como el gas dicloro y otros gases letales. Además, produjo el Zyklon A y B, insecticida utilizado por los nazis en los campos de concentración. Ante las críticas por la crueldad y el terror intrínsecos a estas prácticas, el padre de la guerra química solo se defendió y nunca vio con malos ojos su trabajo: “la muerte es la muerte, por cualquier medio que se inflija” y “en tiempo de paz, un científico pertenece al mundo, pero en tiempo de guerra pertenece a su país”. Por último, cabe destacar que con la subida de Hitler al poder, ni Haber se salvó, y murió de un ataque cardíaco en Basilea, tras abandonar Alemania, sintiéndose completamente rechazado por su amada nación.

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La primera de las historias de letras es, literalmente, la historia de una letra. De la letra Ñ. Ñ de amañado, carroña y Zúñiga –el del archiconocido rodillazo a Neymar en la espalda, que ha hecho más daño al mundo que todos los litros de petróleo que han ennegrecido el cielo de Brasil siendo empleados para la construcción de esas infraestructuras tan resistentes, como hemos podido apreciar en el derrumbamiento del viaducto de Belo Horizonte-. El nacimiento de la Ñ tuvo lugar en monasterios e imprentas, donde se tendía a economizar en tinta y trabajo. De este modo, la secuencia nn se sustituyó por una diminuta n encima de otra, es decir, por una ñ. Su historia es similar a la de la W, ya que esta también procede de una duplicación de una letra –en su caso, la V-.

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La última curiosidad es qué significa la abreviatura e. g., utilizada sobre todo en textos ingleses. La mayoría sabe que equivale a la construcción castellana p. e., abreviatura de por ejemplo. Esto lleva a muchos a pensar que lo otro significa example given. Pero nada más lejos de la realidad. Su significado es realmente más bonito que ese: procede del latín exempli gratia, traducido a lo bestia como “ejemplo gratis”.

Como vemos, tanto los descubrimientos científicos como la evolución de las lenguas poseen historias increíbles y que merecen la pena conocer, e. g. el amoníaco o la letra Ñ =)

Historias de la Luna

Hace un tiempo vino a visitarnos J. M. Gibert, leridano fundador y presidente de la empresa Konik, cuyo rol es la fabricación de aparatos de análisis de sustancias –cromatografía de gases y espectrometría masas-. Nos contó su larga e increíble vida –otro día la detallaremos porque no tiene desperdicio-: de la panadería de Lleida a la NASA, de la NASA a la UAB –Universidad Autónoma de Barcelona-, y de la UAB a fundar una empresa que juega con capitales de millones y millones de euros. Hoy lo que nos interesa es la etapa en la NASA. Este hombre, según nos explicó, nada más acabar su etapa de estudiante en Ingeniería Química se vio inmerso en las misiones Apolo.

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Sus esfuerzos se centraron en los compuestos orgánicos. Hasta la misión Apolo X, esta incluida, todas habían sido pruebas y ensayos. Apolo XI –la de Armstrong, Aldrin y Collins- fue la que definitivamente consiguió hacer caminar a un hombre sobre la superficie lunar, y uno de sus objetivos era comprobar si en la Luna había seres vivos. Obviamente no habría personitas verdes ni aliens como el de la peli, pero se desconocía que pudiera haber pequeños microorganismos o materia orgánica.

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De este modo, una de las tareas más difíciles fue alunizar sin contaminar la superficie. ¿Por qué? En primer lugar, era necesario, para comprobar si había sustancias orgánicas, recoger muestras. Por otro lado, al aterrizar había que crear una “bolsa de gas” para evitar que la nave impactara contra la Luna, es decir, para amortiguar el contacto. Sin embargo, estos gases contaminarían el suelo con moléculas traídas desde la Tierra. Además, los astronautas no podrían irse lejos para tomar muestras porque, en principio, debían ir unidos por una cuerda a la nave. Así que el asunto de cómo alunizar sin contaminar la superficie fue un importante quebradero de cabeza para los científicos participantes en Apolo XI. Por supuesto, al final lo lograron con éxito: no contaminaron la Luna con moléculas terrestres. Pero, ¿qué hay de la contaminación de la Tierra con moléculas lunares?

Una vez emprendido el viaje de vuelta, aún no se habían podido analizar las muestras, por lo que era posible que los astronautas portaran distintos compuestos que tal vez no existirían en nuestro planeta –esta parte de la historia no corresponde a Gibert, sino a mi última clase de Bioquímica-. Es por ello que los tres hombres tuvieron que pasar una temporada en cuarentena, con el fin de evitar posibles contagios de patógenos extraterrestres. Y nada, todo en orden.

Otra de las tareas en las que participó Gibert fue el diseño de la bandera estadounidense. “Dicen que si las imágenes eran falsas, que si en la Luna no hay viento para que ondeara la bandera… ¡Claro que no hay viento! ¡Pero es que la bandera se quedaba rígida! La diseñamos con un material resistente que no se doblara para darle ese efecto”. Y también se hizo un estudio para el mástil. Tenía que clavarse bien. Y no podía caer. Como vemos, cuando se trata de algo importante, está –o se intenta que esté- controlado todo hasta el más mínimo detalle. Hasta la pintura de la bandera.

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Otro día, como he dicho, hablaremos más de las asombrosas aventuras del señor Gibert, un hombre que no imitó a nadie y encontró el éxito en su propio estilo. No imitemos a nadie. Encontremos nuestro propio estilo como nos enseña Disney en el corto: “La Luna” =)

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La historia de la química orgánica es tan actual como curiosa. Desde el primer proceso de combustión observado por los seres humanos hasta la momificación egipcia, se han llevado a cabo procesos con sustancias orgánicas. Con todo, el verdadero boom de esta rama de la química no llegó hasta que Wöhler consiguió transformar cianato amónico en urea en 1828 y derribó la teoría de la fuerza vital –esa que decía que nada tenía que ver lo orgánico con lo inorgánico-. A partir de entonces se inició una continua búsqueda de compuestos orgánicos mediante síntesis artificial: nitratos para el campo, productos de limpieza, fármacos, plásticos –ay, los omnipresentes plásticos…-, etc. ¿Y cuál es la gracia del asunto? Pues que, dejando a un lado las dos guerras mundiales, el gran impulso provino de… *redoble de tambores* ¡la industria de los colorantes!

Nos encanta la vida en color. Nos gusta vestir de distintos colores, decorar la casa con distintos estilos, tener el coche pintado de ese tono que tanto nos gusta… Y es que esto es todo un lujo. Hace años –muchos-, el llevar ropa de un color distinto al característico del tejido en cuestión era una cosa de ricos. Los tintes eran caros. Eran caros e incluso peligrosos. A menudo se utilizaba en la Edad Media sulfuro de mercurio, HgS –cinabrio para los amigos-, en viñetas de libros y como componente del lacre, esa especie de cera roja para sellar las cartas.

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Tras algún susto –el HgS es obviamente tóxico, es mercurio-, este colorante se sustituyó por Pb3O4, tetróxido de plomo, también llamado minio –de esta denominación y de su uso en viñetas de libros derivó la palabra miniatura-. Otro antiguo tóxico colorante fue el verde CH3-As-CH3, con el cual se hacían carteles para colgar en las calles y a cuyo arsénico hay quien atribuye la muerte de Napoleón por intoxicación.

Por otro lado, había colores que costaban mucho de obtener. El púrpura de Tiro procedía de las glándulas branquiales de las Murex Brandaris (ver imagen inferior): 10.000 moluscos = 1g de pintura –en la Antigüedad este púrpura llegó a valer más que el oro-.

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Algo parecido sucedía con el carmín: 100.000 cochinillas = 1kg de pintura. ¿Imagináis recoger miles de bichitos diminutos para pintar un cuadro? Eso por no hablar del proceso de extracción del tinte… Y más de lo mismo para obtener azul añil: millones de asiáticos recogiendo flores.

¿Cómo llegamos a los colorantes de hoy en día? Pues el químico germánico Hofmann sintetizó por error anilina. Viendo que era posible “crear colores”, la empresa BASF invirtió unos 18 millones de marcos, más del capital de la empresa –jugándose la bancarrota-, en producir azul añil, con un enormemente exitoso resultado. Es más, este suceso produjo una tremenda transformación social: la empresa pasó de tener unos 500 a casi 7.000 trabajadores y el número de recogedores de añil en Asia disminuyó de más de un millón a unos 4.000.

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Tenemos suerte de que tuvieran lugar toda esta serie de hechos a favor del desarrollo de la química orgánica, ya que sino hoy no podríamos distinguir fácilmente tréboles y diamantes =)